Ai! Mira que fàcil!

Quan un pateix ansietat, les coses no són “Ai mira! Respira profund i relaxa’t” perquè si tot fos “Ai mira! Respiro profund i em relaxo” per quins set sous no hauria de “Ai mirar, respirar i relaxar-me?” És, com a mínim, tant difícil de fer com de dir. L’ansietat, no és un elecció.

Font de la imatge: desconeguda

“De matinada, en Tomàs es va despertar i se la va trobar al costat. La va destapar un segon per poder resseguir-li a la llum de l’espelma els cabells de color caoba, el clatell clar, la pitrera petita i tibada… A en Tomàs, el que més li agradava de la Nonnita era el rostre, de trets marcats, amb uns pòmuls pronunciats, com si fos eslava. Només d’aquella manera, adormida, de tant en tant li apareixia un somriure petitet a la cara, com si, en el món dels somnis, aquell córrer darrera una mica de felicitat tingués una mica de probablititats d’èxit.”

La felicitat – Lluís-Anton Baulenas

How many more times…

“Death is always on the way, but the fact that you don’t know when it will arrive seems to take away from the finiteness of life. It’s that terrible precision that we hate so much. But because we don’t know, we get to think of life as an inexhaustible well. Yet everything happens a certain number of times, and a very small number, really. How many more times will you remember a certain afternoon of your childhood, some afternoon that’s so deeply a part of your being that you can’t even conceive of your life without it? Perhaps four or five times more. Perhaps not even. How many more times will you watch the full moon rise? Perhaps twenty. And yet it all seems limitless.”

The Sheltering Sky – Paul Bowles

 

A la adversidad le ocurre los mismo que a ciertas mujeres…

“En fin, a la adversidad le ocurre los mismo que a ciertas mujeres cuando van a mear en los bares: que tienen que ir de dos en dos -no sea que haya un psicópata sexual escondido en la cisterna… vestido de buzo-. Lo digo porque, tras la adversidad infinita que constituía la muerte de Vani, una nueva adversidad esperaba su turno para clavarme un alfiler en el alma, y esa adversidad novedosa no era otra que la Adversidad en estado puro. Sin aditamentos. La Adversidad Matriz: el hecho de sentir asco de ti mismo.”

El novio del mundo – Felipe Benítez Reyes.

La realidad es un espejismo tan perfecto que hasta parece real…

“La realidad es un espejismo tan perfecto que hasta parece real,  pero, como tal espejismo, es siempre irreal. (Bueno, ¿quién no ha leído a algún chiflado como Kant o Descartes?) Por eso los grandes terremotos ocurren siempre donde no vives tú. Por eso las epidemias esparcen su horror invisible por países remotos. Por eso las guerras no son nunca tu guerra. Por eso son siempre los otros los que están mutilados o deformados. La gente que usa dentadura postiza son siempre los otros.

No sé cómo decirlo: vas por la carretera de la costa, el sol declina lentamente, cayéndose al mar como una galleta metafísica, etcétera. Un día hermoso, sin duda. Pues bien, te cruzas con siete ambulancias y con diez coches funerarios y en ninguno de ellos vas tú, ¿verdad? Un día hermoso.

Los demás padecen del páncreas o padecen hipotecas agudas. Son siempre los demás los que levantan los adoquines de las calles del centro con un martillo neumático, a unos 40º a la sombra. Y así sucesivamente. Y uno allí de espectador, viendo cómo las cosas ocurren, suceden, acontecen, toman vida o marchan a su muerte inexorable.

La realidad, ya digo, es un espejismo. No existe. O existe a lo sumo del modo en que existe una pompa de jabón… Hasta que un día, harta de su inexistencia, la Realidad decide contratarte precisamente ti como actor principal para su nueva obra, a punto de estrenarse en el Teatro del Espanto Individualizado.”

El novio del mundo – Felipe Benítez Reyes.

La gente es como una caja de galletas surtidas…

“En Viena, por ejemplo, los niños, antes de saber incluso por dónde tienen que orinar, ya han cantado a Mozart a siete voces. Pero en Madrid la prodigiosidad se medía con otra vara. El niño más prodigioso de mi colegio era una especie de gigante gordo y de piel muy blanca que se creía con el derecho a pegarle a todo el mundo por el simple hecho de saberse de memoria las aventuras del Capitán Trueno, por haber ganado un premio en el campeonato escolar de carreras de sacos, por conocer el nombre científico del pito y del tete (su padre era médico: una gran biblioteca llena de guarrerías, y con cromos de tejidos diseccionados y de gente despellejada), por ser dueño una bicicleta con cambio de piñón y por tener la habilidad de beberse un litro de gaseosa de un solo trago y con la nariz tapada con plastilina: un niño prodigio genuino, ya digo. (Auténticamente prodigioso: uno de esos monstruos que crea de vez en cuando la Naturaleza para no extinguir la raza de los policías torturadores, de los banqueros especializados en desfalcos o de los asesinos que previamente torturan a sus víctimas.) Había otro niño que siempre estaba acariciando y transmitiendo calor a las crías de pájaro que se caían de los nidos, pero aquellos volantones se le morían siempre entre las manos, y él los enterraba, y clavaba una cruz de caña en la tumba del pajarillo. Otro, por el contrario, andaba siempre tirándoles piedras a los gatos, y presumía de haberse cargado ya a tres en su aún corta carrera profesional como matagatos. También había uno que se sabia al dedillo la vida de Hitler. Y es que la gente es como una caja de galletas surtidas: hay de todo.

La vida en el colegio, en fin, resultaba peligrosa. Y es que la ley salvaje es un misterio: ¿cómo pueden sobrevivir las delicadas gacelas, los ingenuos cervatillos y los soñolientos koalas a la chulería sanguinaria de los tigres, leones y lobos?”

El novio del mundo – Felipe Benítez Reyes.

‘Vamos a hacer como que’

“Tenía justificación al menos conmigo porque nos conocíamos desde niños y es difícil no seguir mostrándose un poco como se fue al principio con cada persona que conocemos: si uno fue caprichoso, deberá serlo indefinidamente de vez en cuando; si uno fue cruel, si fue frívolo, si fue enigmático, esquivo o débil o amado, ante cada uno tenemos nuestro repertorio, en el que se admiten variaciones pero no renuncias, si alguien rió una vez deberá reír siempre o será rechazado. Y por eso a Dorta lo llamé siempre Dorta y así lo recuerdo, en el colegio uno se conoce por el apellido hasta la adolescencia. Y del mismo modo que si continúa el trato uno ve en el adulto el rostro del niño con quien se compartió pupitre superpuesto siempre, como si los posteriores cambios o la acentuación de unos rasgos fueran máscara y juego para disimular la esencia, así los logros o reveses de las edades del otro se aparecen como irreales o más bien ficticios, como proyectos o fantasías o figuraciones o miedos de los que la niñez está poblada, como si entre esos amigos cuanto acontece siguiera pareciendo y se siguiera viviendo como una espera —el estado principal de la infancia, no es ni siquiera el deseo—, lo presente y también lo pasado y hasta lo remoto. Poco o nada entre esa clase de amigos puede tomarse demasiado en serio porque se está acostumbrado a que todo sea fingimiento, introducido explicitamente por aquellas fórmulas que después se abandonan para ir por el mundo, ‘Vamos a jugar a esto’, `Vamos a hacer como que’, ‘Ahora soy yo quien mando’ (se abandonan sólo verbalmente, en realidad todo sigue). Por eso puedo hablar de su muerte con desapasionamiento, como si fuera algo aún no acaecido sino instalado en la espera eterna de lo que no es verosímil y no es posible. ‘Supón que me matasen con una lanza.’ En Madrid, una lanza. Pero a veces sí me viene el apasionamiento —o es ira— justamente por lo mismo, porque puedo imaginar la angustia y el pánico aquella noche de quien sigo viendo como un niño asustadizo y resignado al que hube de defender a menudo en el patio, y que luego se disculpaba y me regalaba algún libro o tebeo por haberme forzado a entrar en combate con los matones cuando no me tocaba —aunque nunca me pidió mi auxilio, se dejaba pegar o empujar, eso era todo; pero yo lo veía— , a gastar mis energías en alguien que no podía nunca vencer en lo físico y cuyas gafas rodaban por tierra casi todos los días de tantos cursos. No es perdonable que hubiera de morir con violencia, aunque no se enterara de su propia muerte. Pero esto es retórico, quién no se entera. Yo no estuve allí para verlo, aunque por poco.”

Cuando fui mortal – Javier Marías